Abajo con el mito del vaquero Marlboro

El amigo que me recomendó I Love Dick insiste en que lo más probable es que se convierta en una de esas mini-joyas que se quedan en la mísera <<Temporada 1>>. Para las que nos cuesta reír de verdad ante la pantalla o engancharnos a series, este presentimiento es aniquilador. ¿Por qué? ¿POR QUÉ?  Ahora que voy por el segundo visionado, lo único que deseo es que una gran audiencia haga arder las redes con peticiones y gritos a favor de una segunda entrega. Es una serie que merece bombo.

Una patética carrera como directora de cine sume a Chris Kraus (Kathryn Hahn) en un odio por la humanidad que todavía se hace más profundo cuando mira a su alrededor. Marfa es una tierra árida y aburrida en la que se ve obligada a quedarse porque su entrepierna palpita ante la imponente imagen del cowboy que cabalga sobre el desierto, Dick (Kevin Bacon). La protagonista deja a un lado sus problemas y se entrega a una fantasía sexual animal que despoja al vaquero de ese orgullo varonil que identificaba antaño a la figura publicitaria de Marlboro.

La frustración que siente Chris ante la indiferencia del cowboy se hace tan absurda como cómica. El rechazo convertirá a Chris en una auténtica máquina y artista sexual. Dick representa el poder de una masculinidad estereotipada reducida a objeto de deseo. Además, conforme Dick se “desnuda” ante la pantalla, comprobamos que la fachada de mito americano esconde a un hombre solitario y bastante insulso.

I Love Dick invierte de manera elegante y divertida los papeles sexuales tradicionales impuestos por la industria cultural y capitalista. “Los hombres han usado a las mujeres como objetos durante siglos. ¿No te gusta ser musa?” le preguntan a Dick. Su respuesta: “Es humillante”. El vaquero, además de desgastar sus tejanos sobre el lomo del caballo, es un reconocido artista americano obsesionado por las líneas rectas. El que siempre decidió las rutas de su vida y las representaciones sobre el lienzo se sitúa ahora como un “majo desnudo” frente a las miradas más lascivas.

El uso de planos detalle para encuadrar el paquete y otros detalles sexys del vaquero funciona como herramienta para descuartizar su cuerpo. Lo convierte en pedazos de carne comestibles y sin personalidad, lo que recuerda al análisis sobre el tratamiento del cuerpo femenino en el porno mainstream de Michela Marzano: “Un perdazo de carne que se puede incorporar, asimilar, hacer suyo, tragar”. Basta percatarse de la ironía que contiene el plano a ralenti de Dick con una cabra a hombros para entender el bendito atrevimiento de hacer parodia con la imagen del fucker tradicional. Jill Soloway se merece unas cuantas cañas de agradecimiento.

Al margen de la trama principal sobre la libertad sexual de aquellas que siempre fueron los objetos de fantasía, habitan otros personajes de gran interés que dan sentido a una la ácida crítica sobre la ausencia de mujeres en los espacios artísticos y cultural. I Love Dick es cocktail que merece entrar en las listas de “Mejores series de este año” y, desde luego, una segunda temporada.

Ilustración de María Lempicka

2 años ago

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